El arte está grabado en nuestros genes, es un elemento clave de nuestra cultura e identidad.
Desde que Eugène Delacroix viajara por primera vez a Marruecos en 1832, los pintores rinden culto a los colores y a la intensa luminosidad que irradia el reino de Marruecos. Subyugados por las obras de Delacroix cuando regresó de Tánger, muchos pintores vinieron aquí con su caballete. En el transcurso del siglo XIX, pintores como Matisse, Torres, Tàpies, Majorelle o Miró sucumbieron al encanto de los paisajes, los colores y las fascinantes escenas locales. Más tarde, Nicolas de Staël, Francis Bacon o Édouard Degas los imitaron. Hoy día, el país tiene sus propias escuelas de bellas artes y sus propios maestros.
Descubra a su ritmo las numerosas galerías de arte que recogen el talento y la energía de nuestros creadores. Entre ellas, la galería Bab Rouah en Rabat, instalada en la monumental puerta del mismo nombre, donde cuatro salas acogen con frecuencia magníficas creaciones. También en Rabat, se instaló una galería en Bab El Kébir, una puerta construida en el año 1150, una de las joyas arquitectónicas de los almohades, que está compuesta de tres salas de exposiciones. En Marrakech, la galería Bab Dukala abrió en 1989 en una de las principales y más antiguas puertas de la medina. Acoge exposiciones de artistas marroquíes y extranjeros. Finalmente, en Mazagan (El Yadida), la ciudad portuguesa construida en 1514, restaurada y habilitada, alberga desde el año 2000 una galería de exposición. Las galerías del ministerio de asuntos culturales están instaladas en Essaouira, Fez, Marrakech, Rabat y Tetuán. Sin embargo, le aconsejamos que se atreva a visitar galerías privadas, sobre todo en Casablanca, pero también en Mazagán, Rabat, Esauira, Mequínez o Tánger. Allí descubrirá, además de muchos talentos, una sensibilidad contemporánea para compartir... Será tal vez la ocasión para que adquiera una obra que le haya gustado, atemporal e íntima.
Marruecos siempre ha inspirado a pintores y artistas. Sus creadores contemporáneos deben descubrirse sin moderación, sintiendo el placer de la emoción artística.