Ver las primeras dunas del desierto... a modo de iniciación. El silencio, la aridez, el ahorro en los gestos... y el cielo, la dimensión vertical, espiritual, y la humildad elegida.
Desde Er-Rashidia, sentirá que se va acercando al desierto. Una parada mágica en los manantiales de Meski para refrescarse y se dará cuenta de que el agua se irá haciendo cada vez más escasa... Si viaja de noche bajo la luz de la luna, el decorado le recordará a las películas de vaqueros: los matorrales van rodando por la brisa y empieza la aventura, la tierra exhala un exquisito olor a polvo que irradia el astro rey. Imperceptiblemente, su espíritu se preparará para vivir la más sobrecogedora de las experiencias…
Una pausa, unas brochetas humeantes por la noche y los niños, traviesos y tiernos que le regalarán pequeños muñecos trenzados con hierbas rústicas. Otro mundo. Finalmente, Erfud y sus 700.000 palmeras datileras. El sol con mayúsculas, hasta perder el sentido. El calor sosiega, el letargo civiliza y le acogerán amistosamente.
Para llegar a las primeras dunas rosas de Merzuga, tendrá que salir al amanecer. Suspendido en el techo de un todoterreno, sienta el aire todavía templado mientras el sol se levanta sobre las gigantescas dunas. Trepar y observar. Nada. Solo un mar de arena levantado por potentes láminas inmóviles. Se hace el silencio. Está usted solo bajo el cielo. De repente, siente la necesidad de reflexionar e inicia una inesperada introspección. De vuelta, salidos de la nada, los niños le ofrecerán fósiles. No es un milagro.
La experiencia del desierto es única, íntima e inolvidable. Nos hace humildes y nos devuelve la alegría de vivir. El mejor regalo que Marruecos podía hacerle…