Gracias a sus múltiples comunicaciones aéreas, Marrakech se perfila como el destino más favorable para estancias cortas en Marruecos. Exótica y familiar, la perla del Sur supone un cambio de aires inmediato.
El primer día, en cuanto caiga la noche, visite la plaza de Jemaa-El-Fna; en un instante se producirá la magia. Cuentacuentos, tragafuegos, una muchedumbre fascinada... ha llegado a otro mundo, exótico e insólito. Bajo las estrellas, podrá cenar en uno de los pequeños restaurantes que bordean la plaza. En un ambiente auténtico, pruebe los sabores incomparables de la cocina local y sus postres.
Los zocos de Marrakech son de los más grandes de Marruecos. En las laberínticas callejuelas, multitud de artesanos trabajan y venden productos típicos, será el lugar apropiado para comprar un montón de recuerdos auténticos. Compare, negocie en torno a un té de menta y enamórese de una alfombra, una bandeja de cobre delicadamente labrada o incluso un artículo de cerámica.
Imprescindible: la madraza Ben-Youssef, una escuela coránica que fue fundada en el siglo XIV. En el patio central de mármol blanco murmura la pila de las abluciones decorada con zelliges, pequeños fragmentos de terracota esmaltada pegados como un mosaico. A pocos cientos de metros hacia el Oeste, la Koubba Ba'Adiyn es el único edificio que data de la época almorávide. Su cúpula fantásticamente decorada protege un estanque cuya agua proviene del Atlas.
Marrakech también podrá satisfacer sus expectativas durante una estancia corta, con un programa que incluya plazas pintorescas, zocos repletos donde comprar recuerdos auténticos y monumentos históricos.
La antigua Anfa, convertida en Casablanca, es probablemente la ciudad más high-tech del país. Negocios, comercios, fiestas y dolce vita marroquí... ¡Todo ocurre en Casablanca!
A mediados del siglo XVIII, el sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah decidió levantar las ruinas de la antigua Anfa (la colina), una pequeña ciudad bereber fundada en el siglo VII. Parcialmente rodeada de murallas, la antigua medina, con sus meandros de callejuelas y puestos ambulantes, permite descubrir mil oficios.
En los años 30, Casablanca se convirtió en el escaparate de la arquitectura de la época. Los barrios apartados se unieron y organizaron en torno a la plaza de France, transformada en la actualidad en plaza des Nations Unies y plaza Administrative, actual plaza de Mohammed V. A 3 km del centro de la ciudad, el barrio de los Habous es una «nueva» medina, destinada en los años 20 a acoger a la población rural atraída por el desarrollo de la ciudad. Desde entonces, la tradición de innovar en arquitectura sigue perdurando, como ejemplo la inauguración (el 30 de agosto de 1993) de la mezquita de Hassan II, una de las mezquitas más hermosas y grandes del mundo con sus 200 metros de altura.
La vida en la Casablanca moderna es semejante al ambiente trepidante del barrio del Mâarif. Esta zona, antaño humilde y situada al Oeste del parque de la Ligue arabe, se ha ido transformando paulatinamente en uno de los barros más vistosos de la ciudad, dominado por las torres gemelas del Twin Center. Anfa, barrio selecto de Casablanca, también merece una visita. Más en el centro, el bulevar de Mohammed V ha conservado sus arcadas bajo las que se sitúan tiendas y restaurantes a lo largo de casi 2 km. Al final del día, es imprescindible pasear por la cornisa de Aïn-Diab. Al borde del mar, entre el faro de El Hank y la tumba del morabito Sidi Bou Abderrahmane (pueblo accesible solo con la marea baja), esta costa a veces rocosa es el anexo balneario de Casablanca. Allí se puede beber un trago admirando la puesta de sol. Más tarde por la noche, la animación continúa en las discotecas de una ciudad famosa por no dormir nunca.
Casablanca se mueve, desborda energía y encarna una de las múltiples caras del Marruecos moderno que convive con los vestigios de una ciudad con una historia muy rica.