Desde Fez la cautivadora a Meknes la poderosa, las ciudades imperiales del Medio Atlas le proponen un inolvidable viaje en el espacio y el tiempo.
La medina de Fez, declarada Patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO, es una de las más grandes del mundo árabe. Un paseo por sus callejuelas de aire alegre bastará para sentirse en otro mundo. En la principesca y popular Fez habita una civilización sabia y refinada.
Tome la calle de Talaa-Kebira a partir de Bab Bou Jeloud, monumental y magnífica puerta arábiga andalusí del siglo XII. Subiendo la calle se encontrará acto seguido con un mercado de frutas, verduras, carnes y especias que despertará todos sus sentidos. Más lejos, los artesanos presentan su producción, famosa desde siglos atrás. Para entender la importancia y el rango de Fez en la historia, nada mejor que visitar la espléndida madraza de Bou Inania (siglo XIV). Esta escuela coránica es una joya de la arquitectura hispana morisca, su patio central, azulejado de mármol y ónice es una obra maestra.
Su medina y los vestigios del palacio real han sido motivo para que Meknes fuese declarada Patrimonio mundial de la UNESCO. Una vuelta por sus murallas le permitirá apreciar toda su belleza. El sultán alauí Moulay Ismaël decidió en el siglo XVII convertir esta ciudad en la más hermosa y poderosa de las ciudades imperiales de Marruecos. El mausoleo donde descansa bien merece una visita.
El centro de la ciudad late cerca de la magnífica puerta de Bab Mansour, una de las más bellas del continente. La plaza de El-Hedime y su gran mercado acogen desde que se pone el sol a una multitud de comerciantes, saltimbanquis y tragafuegos. Un ambiente popular y medieval inolvidable.
Al borde del estanque del Agdal, una gigantesca reserva de agua que regaba el harén y los jardines, deténgase a contemplar Dar El-Ma, el palacio del agua. En él se encontraban los aljibes imperiales y servía para almacenar víveres en caso de asentamiento.
Obras maestras asombrosas, ambas declaradas Patrimonio mundial de la humanidad, tanto en Fez como en Meknes vivirá un cambio de aires incomparable.
De las callejuelas concurridas y coloridas en la medina a la tranquilidad y verdor de la necrópolis de Chellah, descubra las diferentes caras de Rabat.
La ciudad vieja sorprende por su trazado rectilíneo, muy diferente de los habituales laberintos de calles. Se puede acceder a ella por la puerta de Bab El Had, donde empieza la calle Souika, la más grande y probablemente la más animada de la medina. Acaba en el zoco Es Sebat, el mercado del calzado, cubierto de esteras de caña donde rebosan cientos de babuchas, artículos de marroquinería y artesanía, así como joyas de oro y plata. Después viene la calle Consuls, parcialmente cubierta de vidrieras, donde los artesanos trabajan delante del público y fabrican alfombras de lana de calidad, telas y cobre. Subiendo hacia el Norte, nos acercamos a la puerta de los Oudayas.
Un barrio fortificado que conserva los viejos cañones colocados en un bastión. Su puerta, hermosa y maciza, está completamente tallada y una de sus torres alberga tres galerías de arte. Las fachadas blancas y azules crean un ambiente muy mediterráneo. Sus calles adoquinadas le llevarán a la mezquita El Atiqa, la más antigua de la ciudad y después a la plataforma del antiguo semáforo. Tanto desde aquí como desde la terraza del café Maure que hay al lado, las vistas sobre Rabat, la ciudad vecina de Salé y el encuentro del oued Bouregreg con el océano son sencillamente espléndidas. Arriba de todo, el palacio de los Oudayas, que en la actualidad alberga el museo nacional y conserva sus ornamentaciones originales, muestras de sobriedad y equilibrio.El jardín andalusí que tiene a sus pies es un manso de paz plantado de árboles frutales, adelfas y cascadas de buganvillas.
Más allá de las murallas de la ciudad, otras murallas esconden un lugar encantador, en el siglo XIII, la dinastía de los meriníes eligió este pequeño y fértil valle para albergar su última morada. Dese un paseo entre las sepulturas, a la sombra de las ruinas de un santuario cuyo alminar sirve de refugio para las cigüeñas. Un poco más lejos, encontrará las ruinas de un pasado todavía más lejano, las de la Sala la romana.
Romanas, andalusíes o meriníes, las piedras de Rabat no pierden encanto.