Esta ciudad legendaria, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, es la que ha dado nombre al país. Un lugar auténtico, en perfecto estado de conservación.
Llegar a Marrakech es franquear las puertas del tiempo. Mientras paseamos por las callejuelas pintorescas de la vieja ciudad medieval, la medina, resulta fácil imaginar a los caravaneros que cargaban sus dromedarios con alimentos, herramientas y objetos artesanales. Los zocos ofrecen todo aquello que el viajero pudiera esperar: colores, ambientes, fragancias, rostros sonrientes y acogedores. El zoco de Semmarine se dedica a la venta de ropa. En las pequeñas callejuelas que lo bordean, podrá encontrar todo tipo de prendas típicas confeccionadas según los métodos tradicionales. Algunos tenderetes proponen también bisutería o antigüedades. La célebre plaza de Jemaa El Fna nos abre las puertas a un universo medieval, tanto de noche como de día: aquí narradores, comerciantes y encantadores de serpientes compiten para atraer la atención de los viandantes. Tenga cuidado pues también le abordarán monos maliciosos. Bien a la vista, se erige el emblema de la ciudad: el espléndido minarete de la mezquita de la Koutoubia. De estilo hispano-morisco, esta obra maestra del siglo XII sirvió de fuente de inspiración para los constructores de la Giralda de Sevilla. Los enamorados del Oriente eterno no deben escatimar una visita al espléndido palacio de la Bahía, donde apartamentos de lujo y patios secretos se alternan en un refinamiento puesto en relieve por unos jardines de estilo andaluz ciertamente sorprendentes. No muy lejos de aquí, se erige el museo Dar Si Said. Este palacio bien merece una visita por su riqueza arquitectónica. Dedicado al arte marroquí, le permitirá sumergirse en el corazón del estilo de vida del país para conocer hasta sus detalles más cotidianos. Un sueño hecho realidad para todos aquellos a los que les gusta callejear y aprender, sentir y experimentar. Tómese un momento para contemplar y escuchar…
La ciudad imperial del Sur ofrece a sus visitantes un patrimonio maravilloso y un entorno marcado por el paso de los siglos. Ideal para estancias cortas o largas.
Más que una ciudad, Marrakech es una perla pulida por la historia y el sabor de la hospitalidad que, desde hace siglos, sabe recibir a sus visitantes con los brazos abiertos.
Los jardines de Majorelle se parecen a una colección de plantas traídas desde los cuatros rincones del mundo, que florecen con profusión junto a estanques elegantes y la villa de estilo Art decó. Las cenizas de Yves Saint Laurent yacen en este lugar. Desde este rincón lleno de encanto, puede tomar una de las numerosas calesas de la ciudad que le llevará hasta el palmeral, de visita obligada. Del mismo modo, puede visitar la Menara, uno de los lugares más emblemáticos de Marrakech. Esta elegante edificación, inconfundible por su cubierta de tejas verdes, está bañada por un inmenso estanque. A este lugar acuden en familia los habitantes de la ciudad para buscar un poco de frescura en los días más calurosos del año.
A su regreso a la ciudad roja, podrá regalarse un helado, un pastel o una bebida fresca en los establecimientos del Gueliz, la parte moderna de Marrakech. Tiendas de lujo, bancos, salones de té y terrazas de café: la ciudad roja reconcilia pasado prestigioso y dinamismo contemporáneo. Todas las facetas de Marrakech, una ciudad llena de vida y de ardor, revelan su dinamismo. Visitas, encuentros, paseos y recuerdos pintorescos no dejarán de seducir al viajero. La única sombra en este bonito panorama: la melancolía que acecha en el momento de partir. Sin embargo, mejor soñar con regresar pronto para gozar nuevamente con la suavidad de sus noches en las terrazas, mientras una luna creciente se asoma a través de las nubes...
Marrakech ofrece placeres sencillos a aquellos que se dejan guiar por el deseo de descubrir y de encontrar.