Antes de abrir las puertas del Gran Sur, se impone una visita a Ouarzazate. Descubra las joyas ancestrales de una ciudad en pleno desarrollo que vive en cinemascope.
Construida en 1928, Ouarzazate es el punto de salida de las excursiones hacia el Gran Sur marroquí. Sin embargo, pasó de ser una ciudad etapa a convertirse con el tiempo en un destino por sí solo. Prueba de ello es la recientemente renovada casba de Taourirt, un conjunto de edificaciones de adobe ocre que ha sido declarado Patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO. Cabe destacar la decoración de estuco y los techos de cedro pintados en dos magníficas salas.
Desde 1984, Ouarzazate está impepinablemente vinculada al cine. Por sus ideales condiciones climáticas, geográficas y económicas, muchos estudios de cine se instalaron allí. Desde Lawrence de Arabia hasta Astérix y Obélix: misión Cleopatra pasando por El cielo protector o Gladiator, los decorados de estas superproducciones se pueden visitar.
Es imposible irse de Ouarzazate sin acudir antes a la casba de Tiffoultoute ni al ksar de Aït Benhaddou. Dos ejemplos destacables de la arquitectura tradicional que son un anticipo de la famosa ruta de las 1000 qaṣabah (casbas). La impresionante ksar (fortificación, ksour en plural) también ha sido declarada Patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO, y desde ella, la vista panorámica sobre el palmeral, el reg y el Atlas es suntuosa.
En pleno esplendor, Ouarzazate es un lugar de vacaciones por sí solo, entre cine y patrimonio, una parada para el descanso.
Desde Ouarzazate, todas las carreteras llevan a las maravillas del Sur marroquí. Viva la aventura, conozca gente y descubra una cultura única.
Desde Ouarzazate a Boumalne, se extiende el árido valle del Dades, jalonado de casbas y pueblos fortificados singulares. Al igual que en Tidrheste o en Tiflit, a veces hay que saber desviarse de la carretera si queremos descubrir las viviendas de adobe típicas de los bereberes. Es el momento preciso para hacer una pausa refrescante en el palmeral de Skoura. Después de Tinghir, llegan las magníficas gargantas del Todra, cuyas paredes se van estrechando por encima de su cabeza (¡hasta 300 metros!). Una pista permite llegar a Boumalne por las gargantas del Dades. En función de la luz del día, la roca se tiñe de rosa, rojo, naranja o malva. Al Sur de Boumalne, empieza el yebel Saghro y sus 150 especies de aves presentes en el valle de los Pájaros. Las vistas panorámicas desde el puerto de Tizi-n-Tazazert son extraordinarias.
Siguiendo la excursión a lo largo del Dades, atravesamos el país de las rosas, El Kelaât M'Gouna, donde se fabrica el agua de rosas tan preciada por su color. En el mes de mayo, toda la región celebra la fiesta de esta flor durante tres días. Más lejos, se abren las gargantas del Dades antes de las del Todra con unos despeñaderos que alcanzan los 300 metros de altura en algunos lugares.
Hacia el Sur, se extiende el valle del Drâa, que irriga en casi 200 km un estrecho oasis donde crecen dátiles y hennas. El ksar de Tissergate, uno de los ksour que jalonan el valle, alberga el museo de artes y tradiciones que recoge numerosos objetos de la vida cotidiana y de la artesanía bereber.
M’Hamid es el punto de salida de las excursiones saharianas. En Tinfou, dos altas dunas representan un anticipo del desierto. Para llegar completamente, hay que seguir hacia el Oeste de M’Hamid hasta las largas dunas de Chigaga (40 km), de las que una de ellas puede alcanzar los 150 m.
Casbas, oasis, desierto... Todos los elementos del Gran Sur están aquí reunidos.