Jardines, paseos, grandes avenidas y festivales de todo tipo, en Rabat el tiempo se vive plenamente.
Al borde del océano, Rabat es una ciudad sobria y graciosa que se extiende con serenidad. La poderosa torre de Hassan, se dibuja en el cielo y domina una explanada de pilares de mármol, vestigios de una mezquita construida en el siglo XII que podía acoger a toda la armada del soberano Yakoub Al-Mansour. En esta misma explanada, el mausoleo de Mohammed V es un auténtico palacio en miniatura, donde mármol, bronce y madera pintados y labrados con delicadeza bajo una cúpula de caoba perforada por vidrieras forman estas valiosas tumbas reales, talladas en un bloque de ónice blanco labrado y que reposan sobre un enlosado de ónice y granito azul oscuro reluciente como el agua.
Al Sur de la ciudad, los jardines de la plaza de Méchouar son ideales para pasear cerca del palacio real. Ascienda hacia el centro de la ciudad y tómese su tiempo para visitar el museo arqueológico, que recoge restos de excavaciones de varios yacimientos, sobre todo de Volúbilis y Lixus. También en el centro, la avenida de Mohammed V está rodeada de construcciones art déco. Esta parte de la ciudad, con sus grandes conjuntos, sus amplias avenidas y sus espacios verdes, bordea con armonía la antigua medina.
En Rabat, se celebran en diversos momentos del año muchos encuentros y festivales muy variados, prueba de su gran dinamismo cultural. Así, en el mes de mayo, la música es la protagonista en el festival Mawazine de las músicas del mundo. El festival internacional del cine de autor se desarrolla en junio; mientras que en noviembre la música vuelve a estar presente en el festival Cordes Pincées.
Más allá de las murallas de la ciudad, otras murallas esconden un lugar hechiero, un pequeño valle, plantado con chumberas, palmeras y olivos que fue elegido por la dinastía de los meriníes en el siglo XIII para albergar su última morada. Dese un paseo entre las sepulturas, a la sombra de las ruinas de un santuario cuyo alminar sirve de refugio para las cigüeñas. Un poco más lejos encontrará las ruinas de un pasado todavía más lejano, las de la Sala la romana.
Con serenidad y refinamiento, la vida tranquila de Rabat es un reglao para los amantes de los paseos románticos y los apasionados de las visitas culturales y festivas.
Océano, medina y casba los Oudayas hacen latir el corazón de la capital marroquí.
La muralla de los andalusíes, hecha de adobe en el siglo XVII, protege el Sur de la medina. La ciudad vieja sorprende por su trazado rectilíneo, muy diferente de los habituales laberintos de calles. Se puede acceder por la puerta Bab El Had donde se instala el mercado los domingos. Aquí empieza la calle Souika, la más grande y probablemente la más concurrida de la medina. Con ella se llega a la Gran Mezquita y acaba en el zoco Es Sebat, el mercado del calzado, cubierto de esteras de caña donde rebosan cientos de babuchas, artículos de marroquinería y artesanía, así como joyas de oro y plata. Después viene la calle Consuls, parcialmente cubierta de vidrieras, donde los artesanos trabajan delante del público y fabrican alfombras de lana de calidad, telas y cobre. Subiendo hacia el Norte, nos acercamos a la puerta de los Oudayas.
Un barrio fortificado que conserva los viejos cañones colocados en un bastión. Su puerta, hermosa y maciza, está completamente tallada y una de sus torres alberga tres galerías de arte. Las fachadas blancas y azules crean un ambiente muy mediterráneo. Sus calles adoquinadas le llevarán a la mezquita El Atiqa, la más antigua de la ciudad y después a la plataforma del antiguo semáforo. Tanto desde aquí como desde la terraza del café Maure que hay al lado, las vistas sobre Rabat, la ciudad vecina de Salé y el encuentro del oued Bouregreg con el océano son sencillamente espléndidas. Arriba de todo, el palacio de los Oudayas, que en la actualidad alberga el museo nacional y conserva sus ornamentaciones originales, muestras de sobriedad y equilibrio. El jardín andalus que tiene a sus pies es un manso de paz plantado de árboles frutales, adelfas y cascadas de buganvillas
Detrás de las murallas de ocre rojo y anaranjado, la ciudad vieja conserva bien vivas todas las tradiciones del Reino.